Cuando hablamos de envejecimiento solemos pensar inmediatamente en las arrugas. Pero la piel no es la única que cambia con los años.
El pelo también envejece.
Puede volverse más fino, perder brillo, romperse con mayor facilidad o sentirse más seco. Y aunque cumplir años forma parte del asunto (por suerte, porque la alternativa es bastante peor), hay hábitos que envejecen la piel y el cabello antes de tiempo o que, sencillamente, no ayudan a que lleguen bien cuidados a cada etapa.
Y algunos tienen bastante menos que ver con la cosmética de lo que pensamos.
La buena noticia es que muchos podemos cambiarlos.
1. Vivir demasiado entre cuatro paredes
Nos hemos acostumbrado a pasar buena parte del día encerrados.
De casa al coche. Del coche al trabajo. Del trabajo al supermercado. Y vuelta a casa.
A veces llega la noche y apenas hemos sentido el aire en la cara.
Salir al exterior significa movernos, respirar aire libre, recibir luz natural, relacionarnos con nuestro entorno y recordar que nuestro cuerpo también forma parte de la naturaleza.
Y aquí queremos reivindicar también una relación saludable con el sol.
El sol no es nuestro enemigo.
Nos da luz, calor y ayuda a marcar nuestros ritmos naturales. El problema es que hemos perdido muchas veces la capacidad de relacionarnos con él con sentido común: podemos pasar meses prácticamente encerrados y después pretender estar horas bajo un sol intenso en pleno verano.
Quizá cuidar nuestra piel también tenga que ver con recuperar una relación más natural con el exterior.
Salir a caminar. Ir al bosque. Trabajar un rato en el huerto. Sentarnos debajo de un árbol. Notar si hace frío o calor. Ver cómo cambia la luz a lo largo del día.
No todo lo que cuida nuestra piel viene dentro de un envase.
Y no todo lo que nos hace bien puede comprarse.
2. Dormir poco
Puedes comprarte quince sérums, pero si duermes cinco horas cada noche quizá convenga empezar por ahí.
Durante el descanso nuestro organismo lleva a cabo numerosos procesos de mantenimiento y reparación. Cuando dormir poco se convierte en costumbre, suele notarse también por fuera: piel más apagada, aspecto cansado y menor sensación de vitalidad.
Dormir bien forma parte del cuidado de la piel y el cabello aunque, curiosamente, todavía nadie haya conseguido vendernos ocho horas de sueño dentro de un tarrito bonito.
3. Vivir permanentemente estresados
Un día complicado no va a envejecerte diez años de repente.
Pero vivir permanentemente con el acelerador pisado puede terminar reflejándose también en nuestra apariencia.
El estrés mantenido afecta a diferentes procesos del organismo y puede influir en el equilibrio de la piel y del cuero cabelludo.
Por eso cuidarse no consiste únicamente en pensar qué ponemos sobre la piel.
A veces cuidarse es salir a caminar, trabajar un poco menos, dormir mejor, pasar tiempo fuera o sentarse diez minutos sin hacer absolutamente nada.
Aunque al principio resulte sospechosamente improductivo.
4. Comer cualquier cosa porque no tenemos tiempo
También hemos conseguido hacer deprisa algo que durante generaciones se hizo despacio: comer.
Productos preparados, comidas improvisadas, ingredientes cuyo origen desconocemos y cenas resueltas abriendo un paquete porque son las diez de la noche y ya no queda energía para pensar.
Y no, comer sano no significa vivir a base de lechuga.
Significa volver a comer comida de verdad.
Verduras y frutas, claro. Pero también legumbres, huevos, frutos secos, cereales, pescado, carne, aceite de oliva, grasas naturales y esos platos sencillos que durante generaciones se cocinaron en nuestras casas.
Unas lentejas. Un caldo que lleva un rato haciendo chup chup. Unas verduras de temporada. Un pescado al horno. Un guiso hecho sin mirar el reloj cada treinta segundos.
La piel y el cabello necesitan nutrientes para mantener sus funciones normales. Por eso una alimentación variada y suficiente importa bastante más que cualquier ingrediente de moda al que de repente internet haya decidido llamar superalimento.
Quizá comer mejor también tenga que ver con recuperar algo que estamos perdiendo: saber de dónde viene lo que ponemos en el plato.
Comprar más cerca. Cocinar productos de temporada. Recuperar recetas familiares. Volver a sabores que reconocemos.
Cocina lenta, alimentos sencillos y sabores de aquí.
No hace falta convertir cada comida en una ceremonia de tres horas. Pero quizá sí dejar de tratar la alimentación como otro trámite que tenemos que resolver lo más rápido posible.
Porque cuidarnos también empieza en la cocina.
5. Ducharte con agua demasiado caliente
Ese momento glorioso en invierno en el que conviertes el baño en una sucursal del infierno tiene consecuencias.
El agua muy caliente puede favorecer la pérdida de los lípidos naturales que ayudan a mantener confortable la piel y aumentar la sensación de sequedad.
Con el cabello sucede algo parecido.
No hace falta ducharse con agua helada mientras reconsideras todas tus decisiones vitales. El agua templada suele ser bastante más amable con la piel y el cabello.
6. Limpiar demasiado la piel
La sensación de «piel chirriante» no significa necesariamente que esté más limpia.
Una limpieza demasiado agresiva o excesivamente frecuente puede alterar la barrera cutánea y dejar la piel tirante, seca o incómoda.
Nuestra piel tiene sus propios mecanismos de protección y no necesita que declaremos una guerra diaria contra ellos.
Una limpieza suave y cierta moderación suelen tener bastante más sentido.
Porque más cosmética no significa automáticamente mejor piel.
7. Abusar del secador, las planchas y el calor
Aquí probablemente no descubrimos América.
El uso frecuente de temperaturas elevadas puede deteriorar progresivamente la fibra capilar. El cabello puede perder suavidad, volverse más quebradizo y las puntas empiezan a contar públicamente todo lo que les hemos hecho durante los últimos meses.
Siempre que puedas, reduce la temperatura, aleja un poco el secador y deja descansar al cabello de planchas y rizadores.
Tu pelo no necesita estar perfectamente domesticado todos los días.
8. Olvidarte del cuero cabelludo
Nos preocupamos muchísimo por las puntas y bastante poco por el lugar donde empieza todo.
El cuero cabelludo también es piel.
Mantenerlo limpio sin agredirlo y dedicar unos minutos a masajearlo durante el lavado puede convertir una ducha cualquiera en un pequeño ritual de cuidado.
Y aquí las plantas llevan mucho tiempo acompañándonos.
Romero, ortiga y otras plantas se han utilizado tradicionalmente en preparados para el cuidado del cabello. En nuestros libros de plantas medicinales encontramos precisamente esa relación entre las plantas y los cuidados cotidianos que se han transmitido durante generaciones.
Es una forma de entender las plantas que nos gusta especialmente en Somos Tierra: no como ingredientes exóticos puestos en una etiqueta para que quede bonita, sino como plantas cercanas que conocemos, cultivamos y utilizamos.
9. Esperar que un cosmético haga todo el trabajo
Esta quizá sea la menos popular.
No existe una crema capaz de compensar poco descanso, estrés constante, una alimentación desequilibrada, falta de movimiento y una vida pasada prácticamente entre cuatro paredes.
La cosmética puede acompañar.
Puede limpiar suavemente, aportar hidratación, ayudar a mantener confortable la piel o mejorar el aspecto y el tacto del cabello.
Pero cuidar la piel y el pelo es bastante más amplio que elegir un cosmético.
Y, curiosamente, cuanto antes entendemos esto, más sencilla suele volverse nuestra rutina.
Envejecer no es el problema
La piel cambia.
El cabello cambia.
Nosotros también.
Nuestro objetivo no debería ser impedirlo, sino llegar a cada etapa cuidándonos y sintiéndonos bien en nuestra propia piel.
Porque muchos de los hábitos que envejecen la piel y el cabello tienen poco que ver con comprar más cosméticos y mucho con cómo vivimos cada día.
Dormir.
Moverse.
Salir fuera.
Sentir el sol y el aire.
Comer alimentos que reconocemos.
Cocinar.
Bajar un poco el ritmo.
Limpiar la piel sin arrasarla.
Masajear el cuero cabelludo.
Y recuperar la relación con las plantas que tenemos cerca y que llevan generaciones formando parte del cuidado cotidiano.
Caléndula, romero, ortiga, lavanda…
Muchas crecen literalmente a nuestro alrededor.
Nosotros cultivamos o recolectamos nuestras plantas en el entorno del Prepirineo y con ellas elaboramos nuestra cosmética en pequeños lotes.
Quizá cuidar nuestra piel no consista en luchar contra el paso del tiempo.
Quizá consista en volver a vivir un poco más cerca de nuestros propios ritmos y de la naturaleza.
Si también te apetece volver a lo sencillo…
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